martes, 22 de agosto de 2017

Folletín de verano: Asesinato en Kingsfont St (13)






Pero de repente se paró. Vaciló un par de segundos mirando alternativamente hacia delante (la salida) y atrás (servidora). Finalmente dio media vuelta, se acercó a mi mesa y me espetó sotto voce: –Despacho de Lord Anthony, tras su foto enmarcada en el palco VIPS del Chelsea con Román Abrámovich. Good luck, Ms. Bond.
Con este testimonio tan directo, y siempre reservando el nombre de mi fuente, no fue difícil que su señoría mandara a la Policía con una orden de registro del despacho del finado Paramount.



El lector más avezado se preguntará si fue un farol mi aseveración de que ni Inbox ni Line pudieron ser los asesinos de Paramount, información que consiguió, primero hacer dudar a «Guay» y luego resolver que era mejor para él darme el soplo. Nada más lejos de la realidad. Perdonen si he ocultado esta información hasta ahora, digamos que es un recurso literario para captar la atención del lector. Ahora les cuento.
Después de amañar la cita con «Guay» a través de Porker, me había marcado una importante tarea: llamar al Subdirector Operativo de Scotland Yard para la región de Greater London, Rufus Wainleft. Rufus y yo tuvimos eso que suele llamarse una aventura, más bien breve  –y no demasiado satisfactoria, si se me permite la confidencia–, hace unos seis años. Aun así, quedamos como amigos (sin derecho a roce, aclaro) y de tanto en tanto quedamos en The Mayflower Pub a tomar unas cuantas ale con bourbon y una hamburguesa con aros de cebolla.
Suponía que tras casi una semana la autopsia de Paramount estaría acabada y el informe provisional, entregado. Efectivamente, así era. Y lo que decía era sorprendente: resulta que Lord Paramount no falleció como consecuencia de la puñalada en el recto y la consiguiente hemorragia masiva, sino que cuando tuvo lugar la puñalada el fiambre ya era fiambre; estaba ya finado.
¡Agárrense! La causa de la muerte fue una inyección de 4-5 ml de insulina de acción rápida en la vena subclavia. Al parecer, el asesino agarró a Paramount del cuello por detrás con el brazo derecho, haciendo un movimiento de tenaza, mientras con el izquierdo inyectaba la insulina en la subclavia, mostrando una enorme habilidad. Lo cual nos indicaba dos cosas:
La primera, que se trataba de un hombre zurdo y aceptablemente corpulento. Lo cual descartaba a Isbox, que es un tirillas y, además, diestro.
La segunda, que la increíble pericia técnica del asesino señalaba a un clínico en activo y probablemente en un entorno hospitalario tecnificado, lo cual descartaba a Line, así como al resto de zoquetes del Council, ya que el que menos, llevaba 20 años sin coger una jeringuilla ni cualquier otro pertrecho enfermeril: si estaban en el Council era precisamente para que no tener que ver, a ser posible nunca más en su vida, un paciente, una jeringuilla (salvo, si acaso, para uso recreativo; conste que, así como no descarto nada, tampoco lo insinúo) o un vial de insulina. La habilidad mostrada por el asesino descartaba a todos los miembros de esta Ilustre Cofradía del Carpe Diem.

 

(Mañana, miércoles, la décimocuarta entrega)


lunes, 21 de agosto de 2017

Folletín del verano: Asesinato en Kingsfont St (12)





Comencé con mis revelaciones interesadas:
–Bien, ni Isbox, a quien parece que sorprendieron in fraganti, ni Line, a quien Isbox acusó en su declaración policial, pudieron matar a Paramount.
–…
Iba a hablar pero no le salieron las palabras. Había vuelto del rojo-tomate-canario al gris-papiro-egipcio, un claro recomienzo del ciclo de sus leds.
–No parece que la policía piense lo mismo–, balbuceó. –Hasta donde yo sé, Isbox sigue preso en Pentonville.
Decidí atacar con toda la artillería: –¿Dónde está Line, Mr. Y?
–¿Mr. Guay?
–No, «Y». «Y» es el nombre en clave que le he dado para hacer mis informes y tomar mis notas hasta que consiguiera conocer el suyo real y se me ha escapado…
–Llámeme Guay, es guay–. Por primera vez sonrió. Debía tener un apellido horroroso.
–¿Dónde está Line, Mr. «Guay»?
–No lo sé. De verdad, no lo sé.
–En su declaración, Isbox dijo algo intrigante: que Line había saltado por la ventana pero no había salido del recinto del 2 de Kingsfont St. ¿Qué cree que quiso decir?
–No lo sé.
–Se lo voy a preguntar directamente, Mr. «Guay»: ¿Existe algún tipo de cámara, recinto o edificación en Kingsfont donde alguien con acceso privilegiado pudiera permanecer bien escondido durante algunos días o semanas?
Noté cómo vacilaba y pugnaba entre el deseo visceral de hablar y el miedo a hacerlo. Pero no lo negó de inmediato, lo cual, en comunicación no verbal significaba un como un chárter de britons borrachos aterrizando en el aeropuerto del Prat de Barcelona. O más, como un chárter de britons borrachos aterrizando en el aeropuerto de Son Sant Joan. O sea... (vale, vale, es que me vengo arriba con facilidad): que efectivamente, había un búnker en algún lugar del recinto y un punto desde el cual acceder.
–Lo siento mucho, Ms. Bond. No puedo hablar, créame, es peligroso y no solo para mí, también para usted.
Se levantó y se marchó como alma que lleva el diablo sin siquiera despedirse.
(Mañana martes, la décimotercera entrega)



miércoles, 16 de agosto de 2017

Folletín de verano: Asesinato en Kingsfont St (11)

Cap. 1 · Cap. 2 · Cap. 3 · Cap. 4 · Cap. 5 · Cap. 6 · Cap. 7 · Cap. 8 · Cap. 9 · Cap.10 




Porker pudo hacer carrera dentro del Council estatal pero prefirió permanecer agazapado en un lugar más bien irrelevante para poder hacer los negocios a su aire, sin tener que dar prioridad a los caprichosos tejemanejes de Paramount. Al menos él contaba eso.
Pero a pesar de ello era un hombre con muy estrechas relaciones en esta secta, sin duda conocería bien a Mr. Y. Además, siempre trató de flirtear conmigo sin que Cinthia lo advirtiera, pero con nulo éxito: era, y supongo que sigue siéndolo, feo de cojones, perdón por el exabrupto.
Pero si le llamaba y le pedía un pequeño favor haciéndome la rubia, como nos recomendó a la otra mitad del cielo la gobernadora de Greater London, Christine Zifonts, no podría negarse.
Y así fue. Llamé a Porker. Porker llamó a Y para acordar una cita urgente para «un temazo». Pero Bond, que no Porker, fue quien acudió a la cita en el bar del hotel Savoy, en Westminster.
5 de abril
Al verme, la epidermis facial de Mr. Y pareció tener leds en lugar de queratinocitos: primero palideció, luego se sonrojó y finalmente se puso con una suerte de color cetrino, entre amarillo y verde. Acabó como un tomate: nunca he oído a nadie gritar tan bajo: –What the fuck! Qué está haciendo usted aquí?
Relax yourself, Mr… ¿Puedo conocer su nombre?
–No, definitivamente no puede. ¡Hasta luego!–. Hizo ademán de largarse… pero poquito. Buena señal.
–Yo, de usted, me sentaría un momento–, dije cruzando tácticamente las piernas de rubia. Con mirada de rubia y voz de rubia. Muy rubia. Solo que soy más morena que Amy Winehouse, QEPD. –Creo que le conviene.
–¿Qué demonios es lo que quiere?
–Por favor, siéntese y relájese. No soy su enemiga, todo lo contrario. Tengo información fiable sobre el asesinato de Lord Paramount que descarta a ciertos sospechosos… Eso hace que objetivamente la cosa pueda ser peligrosa, incluso para usted.
Se sentó, visiblemente agitado. Diría que demasiado agitado, noté cómo se me extendían las antenas, atentas a una comunicación no verbal tan deliciosa…

(Mañana jueves, la duodécima entrega)



martes, 15 de agosto de 2017

Folletín de verano: Asesinato en Kingsfont St (10)





4 de abril
Enseñarle a Mrs. Roof el breve manuscrito de Charles y ponerse en pie fue un acto reflejo solo medible en nanosegundos.
So good–, dijo. –Hemos pillao cacho.
–¿Magaluf, isn’t true?
–Magaluf...–, confirmó, no sin un leve sonrojo, quién sabe si de nostalgia del placer vivido o de vergüenza del pudor perdido. –Tenemos que ponernos en marcha, hay que pedir al Juzgado que la Policía efectúe un registro en condiciones de la propiedad.
–¿Usted cree que el juez se creerá esa tontería? No hablamos de un edificio de hace 400 años, tiene poco más de 20. ¿Pasadizos? ¿Búnker?
–Hay que intentarlo. Mr. Isbox es mi… nuestro cliente. Está desde hace tres días en la prisión de Pentonville, no parece un hombre muy sólido, un hombrecillo venido a más con ínfulas de caudillito… Cualquier día se derrumba y canta la intemerata…
Ok, let’s go

No fue tan fácil. El Juzgado solicitó tomar declaración a Charles; Charles negó tajantemente haber escrito, menos aún entregado a nadie, esa nota; una simple prueba caligráfica con documentos registrales mostró que la escritura de Charles y la de la nota eran más distintas que la cara de Renée Zellweger antes y después del Photoshop 3D. O sea que Charles fue un mero mensajero…
¿Quién habría querido hacerme llegar la información? Tenía que hablar con Mr. Y. Intuía que era un personaje clave. Pero tenía que hacerlo a solas. ¿Cómo podría llegar a él?
Recordé a un viejo conocido, casualmente presidente del Council del condado de Derbyshire: John J. Porker.
Viví con su hija Cinthia en un apartamento compartido, en nuestra época de estudiantes, y cuando venía a Londres a visitarla solíamos cenar los tres en algunos de los restaurantes de alto standing a los que John era tan aficionado. Pagaba él, of course, por entonces mi presupuesto para la restauración gourmet era más corto que el IQ que Nigel Farage. Hombre taciturno y brusco, con intereses en diversificados negocios, algunos de ellos bastante poco claros tirando a turbios, fue cliente mío en un caso un tanto controvertido con importante repercusión mediática del que salió impune gracias a mí: me debe una y gorda.